domingo, 3 de agosto de 2014

EL OJO Y LA ESPADA (Cuento tradicional zen)


“Durante las guerras civiles en el Japón feudal, un ejército invasor podía barrer rápidamente una ciudad y tomar el control. 
En una aldea en particular, todos huyeron momentos antes de que llegara el ejército; todos excepto el maestro de Zen.
Curioso por este viejo, el general invasor fue hasta el templo para ver por sí mismo qué clase de hombre era este maestro. Como no fue tratado con la deferencia y sometimiento a los cuales estaba acostumbrado, el general estalló en cólera.
-¡Estúpido! – le gritó mientras alcanzaba su espada- ¡No te das cuenta que estás parado ante un hombre que podría atravesarte sin cerrar un ojo!
Pero a pesar de la amenaza, el maestro parecía inmóvil.
- ¿Y usted se da cuenta, – contestó tranquilamente el maestro- que está parado ante un hombre que podría ser atravesado sin cerrar un ojo?”

REFLEXIÓN PERSONAL
Este cuento encierra dos enseñanzas maravillosas. 
Una de ellas nos dice claramente, a través del general japonés, que el sentimiento de poder y la ira no nos dan el mando ni nos hacen “poderosos”. Es fácil usar la espada para matar (y la lengua, la pluma, Internet…). Lo difícil y verdaderamente poderoso es mantener la actitud ecuánime del maestro zen. 
El monje nos ofrece la segunda y valiosa enseñanza. Su profunda calma es la “espada” que “corta” limpiamente la ignorancia del militar. Sus palabras no se ponen por encima ni por debajo del iracundo samurai. Simplemente le muestra su propia naturaleza búdica. Con sus palabras y comportamiento imperturbable le ha mostrado el verdadero poder; se “hace espejo” ante él, para que el general vea reflejado el poder esencial que trasciende espadas y egos. Un poder que no trata de dominar ni de luchar contra nada ni contra nadie: Es pura luminosidad. 
Podemos aprender mucho de estos sencillos pero a la vez tan profundos cuentos tradicionales. Meditemos sobre ellos. 

3 comentarios:

Antonio Chaman dijo...

Hermoso cuento, maravillosa reflexión.
Un abrazo

Antonio Chaman dijo...

Hermoso cuento, maravillosa reflexión.
Un abrazo

Fran Lor Vaz dijo...

General: ¿Qué poder puedes tener si yo no te lo concedo, si no te lo reconozco?
¿Que me matas?
¿Y qué poder puedes tener sobre un cadáver?