
La ascesis posee ciertas resonancias negativas en la sociedad actual. Entendemos la renuncia a algo como un castigo, nunca como una opción ética y generosa.
Pero la verdad es que no es posible dar sin ceder, sin renunciar. Y sólo de esta forma alcanzaremos poco a poco un estado de paz y plenitud que dificilmente encontraremos en otras actividades cotidianas.
En la antigua Grecia "ascesis" o "ascético" se utilizaban para designar los ejercicios físicos preparatorios del gimnasta anteriores a una competición deportiva, pero pronto se les dio una significación moral e incluso religiosa.
El término de "ascesis", tal como lo entendemos aquí, es aquel que, en las lenguas occidentales, corresponde más exactamente al sánscrito tapas. El sentido primero de tapas es el de "calor"; pero es un "calor" que debe quemar lo que los rabinos denominan las "cortezas", es decir, destruir todo lo que, en el ser, es obstáculo para una realización espiritual.
En una sociedad centrada en el culto a lo material y volcada en el hedonismo, la ascesis es la antítesis de su definición. Si ya cuesta renunciar al croasan de la mañana (¡ incluso por motivos de salud!) imaginemos lo lejos que estamos para reconocer que debemos realizar pequeños "actos ascéticos" en la vida diaria. No se trata de ingresar en un monasterio para consagrar nuestra vida de forma contemplativa, se trata de desarrollar "metta" (generosidad, compasión y benevolencia) en pequeños actos de renuncia diariamente. Vivir con menos y dar más, en esto reside la esencia de la felicidad compartida. Y ahí convergen Buda y Cristo, entre otros.
(Después de unas semanas alejado de mis blogs por motivos profesionales, vuelvo de nuevo a retomar las publicaciones semanales. Un saludo cordial a todos).